viernes, 2 de marzo de 2012

Miedo

Tengo miedo de mi pasado, temo haber cometido equivocaciones en las bifurcaciones de los caminos que llevan a este mismo instante, y me da pánico el no descubrir qué hubiera ocurrido si lo hubiera hecho de otra manera. 
Sé que he cometido tantos fallos... tengo tan claros mis errores que casi no soy capaz de valorar los triunfos, que se me presentan como descarados insultos al despropósito de mi presente. Siento que es algo que nos iguala, que ninguno de nosotros tenemos la oportunidad de enmendarnos completamente. Podemos ignorar lo que hicimos, pero nunca corrigirlo. Podemos mejorarnos, pero jamás borraremos el lastre de lo que fallamos.
No sé si éste es el momento de recurrir a una religión que me consuele, que me diga que alguien dijo alguna vez, (y demostró de forma inexplicable, irreproducible e indemostrable) que tendré otra oportunidad de conocerme desde el inicio, y que mejoraré con el paso de las vidas hasta lograr una que sea totalmente placentera y satisfactoria. Ni siquiera sé si existe alguna religión que diga que estamos aquí de prestado, con un cuerpo asignado al azar, en unas circunstancias cualesquiera, destinados a vivir hasta que la muerte determine el final de un aprendizaje y el comienzo de uso de otro nuevo cuerpo en algún momento y lugar. No sé si alguien ha pensado alguna vez que somos tan pequeños en esta vida, que sesenta o setenta u ochenta años son tan pocos, que simplemente representan un tránsito de aprendizaje, tras el cual nos volveremos a conocer, no con un aspecto concreto, sino en ese pensamiento profundo que aparece cuando nos quedamos a solas reflexionando sobre nuestro porvenir. 
No sé si todo esto es creer en la reencarnación, ni sé si es una idea alocada pensar que el carácter que cada uno de nosotros reflejamos es, en parte, fruto de nuestro grado de aprendizaje en cuerpos sucesivos. No sé si es del "alma" de lo que hablo, ni sé si es absurdo todo este planteamiento; pero llegan momentos en la vida en que, simplemente, buscamos un refugio en que cobijarnos y olvidarnos de este loco mundo que automatiza cada segundo de nuestro tiempo. 
No quiero volver a levantarme para labrarme un futuro al que ahora veo incierto y superficial. Necesito pensar que esto no es todo lo que voy a ver, porque entonces, de este mundo tan pequeño, no voy a conocer prácticamente nada; y eso hace insustancial el madrugar cada día para moverme en mi minúsculo ambiente de mi minúscula ciudad de mi minúsculo país en mi minúsculo continente.
Cuando la muerte me rodea en mi profesión, mis amistades, mi vida personal, surge esa pérdida de egocentrismo que habitualmente tenemos, y aparecen tantas dudas que hacen necesario recurrir a lo irracional para justificar lo que no conocemos.

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