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jueves, 18 de mayo de 2017

Las dos caras

Te observo esa piel tersa que no te has ganado y el perfil de tus labios carnosos. Tu pelo está recortado a la última y cae despreocupado sobre tu frente, haciendo de tus ojos una imagen caprichosa. Sonríes mirando el móvil: alguien te escribe, probablemente mucha gente, a pesar de ser primera hora de la mañana. Tu posición desgarbada y cómoda no molesta a tu compañero de asiento y mejora aún más la caída de tu ropa. 
Luego estoy yo. Esa chica feúcha que cada día se sienta a tu lado y te mira de reojo por encima de sus libros. Me siento tensa con las piernas juntas y aún así es raro el día que mi bolso no se escurre o tropiezo con los pies del de enfrente. Empequeñezco cada segundo que pasa. El reflejo del cristal me devuelve una imagen casi cómica de un intento de maquillaje malogrado y una ropa que nunca terminó de sentar bien. Me avala mi currículum, me digo, que confiesa unos logros silenciosos entristecidos por el fracaso social. Doy miedo. Hago temer a quien se me acerca porque me creen de una inteligencia sobresaliente, sin ver cómo envidio su naturalidad. 

...

Nuevamente se ha sentado a mi lado y mi temor crece cuando aspiro el aroma de su perfume. Siempre perfecta: blusa y falda planchada y un abrazo firme y nervioso a sus libros. La descubro mirándome tras sus gafas y me hundo en la pantalla apagada del móvil esbozando una sonrisa. Quisiera tener el valor de levantarme y saludarla. Desearía explicarle que lo que ve es una fachada tontaina que lucha por integrarse en un mundo superficial, pero que no me representa. Desearía confesarle cuánto la admiro. 
Estoy cansado de esas niñatas que sólo piensan en el color del brillo de labios y en conseguir el novio más cachas al que probablemente engañen con cualquiera una noche. No quiero que me vean vacío y sin conversación, ni que sólo me miren la cara y no el corazón. No recuerdo cuándo mantuve una conversación interesante después de acostarme con una chica, ni sé explicar por qué volví con esas rubias despampanantes que sólo me dan unos minutos de placer vulgar. 

...

Ojalá me hablase. Ojalá me mirase. Ojalá me descubriera. Y nuestra parada llega y nos bajamos por puertas opuestas. Mañana, mañana me atreveré y no temeré el ridículo. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

Cuando el plan B se convierte en A

No sé dónde voy. No entiendo cuál es el problema ni qué me impide cambiar. 
Mañana se acaba una etapa de primeras veces, primeras responsabilidades, primeros sueldos y primeros compañeros de trabajo. Miro hacia atrás y veo este periodo resumido en imágenes de un trabajo que no me llena, del que permanentemente quiero escapar; imágenes de noche de fiesta con vestidos demasiado cortos y lenguas demasiado largas, rodeada de personas que no me importaban con las que amanecía entre sabor a tabaco y sudor; imágenes de ojos desencajados por el sufrimiento de una urgencia que les arrancó de su hogar y destrozó sus planes, ojos que se apagan y ojos que se defienden ante lo que no quieren escuchar de sus familiares; imágenes de bosques, ríos y playas, de amaneceres y atardeceres, de aire puro y frío abriendo mis pulmones; imágenes de autobuses con pequeñas pantallas que atravesaban media España en un sinsentido de hogar perdido y hogar deseado. En todas esas imágenes estoy sola. 
Ese muro grueso y estable que levanté me aleja de cualquier oportunidad. No me siento digna de nadie que quiera acercarse, así que los alejo. Ha habido un par de ocasiones en que he tardado algo más en echarlos de mi vida... quizá eso ya sea un paso. Pero ver el final desde el principio... eso, eso me define. 
Imagino a un chico interesante que derrocha un minuto conmigo y me río hacia mis adentros. No lo merezco, no quiero que nadie gaste su tiempo a mi lado y desperdicie la oportunidad de estar con alguien mejor. 
Creo que las parejas perfectas son también el perfecto egoísmo. No concibo cómo puedes mirar a los ojos a alguien a quien ames y ser tan codicioso como para quererlo sólo para ti. Es difícil de cambiar, imposible para mí. 
Hace unos días se lo confesé a un nuevo desconocido demasiado bueno como para pasar más noches junto a él y se echó a reír. No supe explicarlo. Lo considero tan evidente que me enerva que el mundo no lo entienda. 
Sin embargo, mi certeza ha hecho que ya no tenga un plan B por si no encuentro a nadie: ahora ése es mi plan A. Sólo un accidente haría que cambiase mis planes. No tiene sentido confiar en que va a suceder lo que no soy capaz de aceptar. Así que me alejaré. Vagaré por países a los que nadie quiera ir y nunca tendré esa vida de ensueño con piso propio, hijos y casita con chimenea en un pueblo junto al mar. Un día algo truncará mis viajes y mi odisea pero habré sido libre y feliz. Es lo único que me motiva a fingir esta normalidad que me es ajena. 
Mañana acaba un periodo que deja lugar a otro llamado experiencia, sin controles ni evaluaciones, sin supervisión directa ni límite definido. Así será hasta que la edad o la oportunidad me permitan comenzar mi vida real. ¡Cuánto lo siento por esas personas que, tontas, pensaron por un momento que romperían el muro y entrarían a un pecho donde no late corazón alguno! Ahora sé que pasarán sus días con alguien más acertado. 
¡Qué destino tan solitario y vacío se abre a mis pies! ¡Qué inútil haber luchado contra él, tan firme y decidido!

lunes, 22 de agosto de 2016

Cambios


Son casi nueve meses sin escribir, sin desahogarme en un Blog perdido en un mundo virtual mayor que el terrenal en que vivimos. Me miro y no me reconozco: tan feliz, tan entregada, tan crítica... Nunca antes lo había sentido. 
Mi vida fluye por ciclos cortos de tres, tal vez cuatro años, indefectiblemente, inevitablemente. Vengo de un periodo de experimentación, de cambio de vida. He conocido mi primer contrato laboral, he luchado por abrirme hueco en una ciudad diferente, con un trabajo de verdad. He estudiado para trabajar con pacientes, para enfrentarme con las vidas de cientos de ajenos con vidas dispares, y con sus muertes. He cambiado de casa para hacer mío un rincón en el mapa al que cada mes le pago por existir. Me he alejado de mis amigos, atándolos con una cuerda muy elástica de horarios y lugares, para siempre mantenernos unidos. Me he separado de mi familia, consciente de que con nuestra relación previa, casi obligada, me arriesgaba a enfrentarme sola a la vida con la carga de la inminente vejez de los que me cuidaron antes. Y he salido adelante, tropezando un millón de veces y volviéndome a levantar. Sin embargo, han sido tres años de rebeldía, de descontrol, de noches perdiendo los papeles por casas ajenas y carreteras del mundo. He ahogado mi sangre con alcohol y he intoxicado mis pulmones con tabaco. He salido más que he permanecido en casa. He arriesgado esfuerzo y reputación por otra copa, por otra canción, por otra noche. 
Y de repente, he caído y me he levantado con la intención de no volver a hacerlo por esos mismos motivos. 
Así se ha iniciado otra fase de mi vida. Una que comienza por la absoluta casualidad con un accidente fatal del que siempre llevaré cicatrices, pero que me ha aportado una visión peculiar de lo que puede ser una vida. Súbitamente, me he descubierto en una comunidad increíble, llena de bosques, montañas, ríos y mar, plagada de rincones por descubrir, casi inaccesibles, y otros mucho más abiertos. Me he visto a mí misma con la posibilidad de absorber todo lo bueno que la vida me está dando justo en el momento en el que me ha obligado a frenar en seco. Me he dado cuenta de que me estaba dejando atrapar por el qué-dirán, por la presión de la edad y el tiempo que va avanzando. Empiezo esta etapa conociendo a alguien que hace que se tambaleen mis cimientos: una constante, un apoyo, una presencia diaria a la que extraño cada día hasta que hablamos, una persona increíble  y atemporal, con espíritu de veinte en cuerpo de otros tantos más, que me mete en su vida aportándome una visión amplia sin obligarme a nada. Y sé que no es ella, que ella es "mi amarilla" como dice aquel libro de Albert Espinosa; es la persona que tenía que cruzarse en mi vida para mejorarla, para darle un significado y reorientarla. 
Trabajar para vivir y disfrutar cada segundo. Así comienzan estos años. Lejos de noches locas en vela, lejos de maltratar un cuerpo que no ha caminado a mi ritmo desde hace años, lejos de personas a mi lado que no me aportan nada en positivo, lejos de intentar aparentar. Dispuesta a todo y a todos en positivo. Espero no cambiar.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Perdida

Mi corazón se divide entre tres mundos separados por kilómetros y un anhelo común. 
Mi primer mundo es mi refugio, mi protección y mi escape. Representa los minutos de libertad, los amigos de verdad y el calor de mi hogar de la infancia. Es mis recuerdos, ese aroma peculiar que te hace sentir tan bien cuando se abre la puerta, las historias de cada esquina, las oportunidades. Es la calle de mi primer beso, las primeras promesas con mis amigos, los primeros triunfos y las primeras derrotas. Es todas las pequeñas cosas que te despiertan una sonrisa con hoyuelo. Es un mundo llamado PASADO.
Mi segundo mundo es al que me condené. Ese que me da de comer y me mantiene distraida. Es mi mejor línea de currículum y una pequeña nueva familia que sé que me olvidará en cuanto desaparezca. Es la pura esencia de la fruslería, de lo superficial. Es lo que no me roba mi corazón, donde no dejo que nadie se quede con ningún pedazo y de donde huyo en cuanto tengo oportunidad. Es mi PRESENTE.
Mi tercer mundo es un sueño. Es donde por fin soy feliz y adulta, donde he luchado por mi destino y he ganado. Es ese lugar al que escapo puntualmente para vivir una vida perfecta. Es donde tengo al único que me ha hecho vibrar e ilusionarme desde hace mucho tiempo y al que quien me quiere me empuja a marchar. Este, ojalá, ojalá sea mi FUTURO.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Tú, siempre tú...

No te haces una idea de cuánto te extraño; de lo mucho que añoro esos domingos infinitos de paseos sin destino, descubriendo un Madrid que era sólo nuestro y esos roces espontáneos que de vez en cuando dejábamos que sucediesen. 
No imaginas lo que pienso en esos ojos marrones tan profundos que guiñas un poco cuando fantaseas en tus historias. Recuerdo las arrugas que se te formaban al sonreír con esa sinceridad que te acompaña desde que te conozco, y recuerdo también tus relatos imposibles donde abrías tu corazón a la única persona que te escuchaba sincera. 
¡Cuánto te he querido siempre! 
La primera vez que te vi, con tus rizos despreocupados, me invistaste a entrar en tu vida. Me acuerdo de los mensajes de texto, porque hasta ahí alcanza nuestra amistad, sin Internet en los móviles y con caracteres que ponían límites a todo lo que nos deseábamos contar. No lo sabes, pero los escribía ilusionada, boca-abajo en la cama, a hurtadillas y entre risitas adolescentes y cómplices con nuestra amiga en común, que nos incitaba a querernos. Tú me respondías en seguida y entonces supe que no hablábamos de un lío pasajero, que estábamos aprendiendo a forjar una amistad profunda, juntos. 
Desde entonces nos hemos robado algunos besos. Me acuerdo bien de Moncloa, tú y yo, y de la llamada al día siguiente explicándonos que nuestra amistad valía más que cualquier malentendido. También de nuestras largas conversaciones por teléfono, que teníamos que interrumpir para que no nos regañasen y que continuábamos después de la cena, tirados en la cama, cada uno en su casa, como en esas películas en las que dividen en dos la pantalla para que veas qué complicidad tienen sus protagonistas, llegando a hacer los mismo gestos a la vez.
Fuimos a Londres y lo mejor de ese viaje fue que me pidieses salir del hostal a dar un paseo y charlar en un banco. Éramos nosotros en otro país, pero me dejaste claro que nuestra esencia se conservaría siempre. Nadie lo entendía, todos pensaban que había un deseo oculto detrás de nuestras citas constantes.
Nunca me importaron las otras chicas de las que me hablabas. Supongo que tampoco a ti te molestaban mis chicos. ¡Contigo me sinceré tanto!
Luego me fui de la ciudad y poco a poco todo fue cambiando. No entendiste que no tuviera tiempo, me visitaste y no te gustó mi nueva vida. Deberías haberme gritado; te deberías haber enfadado conmigo, no huir del modo en que lo hiciste. 
Te echo mucho de menos. Necesito contarte cómo me siento, escuchar tus historias, que me cuentes cómo son las cosas en tu oficina. Necesito que escuches cómo mi vida poco a poco se está echando a perder. No sé hacia donde dirigirme y tú eres la constante que siempre he tenido. 
Tengo que reunir el valor y llamarte, porque sé que tu enorme corazón me perdonará sin reproches.

viernes, 1 de agosto de 2014

Volar

Hoy quiero ser pájaro. Dejar que el sol metalice mi piel, y el viento intente atravesarla, arrastrándome a su antojo por las alturas. Quiero ver el atardecer desde arriba, tropezar sin caer. Que el fino mástil sea mi sustento y el oleaje mi música. No temer la oscuridad ni el frío. No ser de nadie, y que el mundo esté a mi alcance. Quiero volar, y visitarte a miles de kilómetros, y viajar sin descanso. Estar contigo sin ataduras.
Y no sentirás que el tiempo te supera por la distancia; porque estaremos juntos. No habrá frontera, acento ni costumbre. Sólo temeremos que se acabe el horizonte. Quiero estar contigo, y repetir este mismo instante cada día. Caminaremos con las voces y sonidos que distraen y confunden a las personas. Saltaremos al vacío. Erraremos con la dirección y lo disfrutaremos. Gozaremos de la brisa que levantó la falda a la chica y despeinó al muchacho. Adelantaremos al avión, pesado y ruidoso, deslizándonos por sus propias turbulencias, y nos reiremos de ese burdo intento de copia. De vez en cuando nos posaremos para detener el mundo y el tiempo, y para recordar lo que un día fuimos.
Y nunca despertaré, para que no dejemos de volar y vuelvas a estar a mi lado, o a mi alcance. Porque hoy quiero más que nada en el mundo compartir esa carga que te abate, soltarla en medio del vuelo y que se hunda en el océano. Hoy, hermano, hoy quiero volar contigo en ese destino que se te tuerce incesante. Porque serás el padre que no tuvimos, y el amante más deseado; serás ese chico de ojos inocentes color miel. Y te envidiaré siempre, y querré como nunca ser como tú, con tus experiencias y tu atrevimiento. Nos comeremos el mundo sin tener tiempo de meditar ni temer, como siempre hacías; como me enseñaste.
Tengo tantas ganas de abrazarte, y de que no me cuentes nada de todos estos últimos años, como si jamás hubiesen ocurrido. Yo tampoco te diré nada. Será sólo hoy, aquí y ahora. Nuestros silencios confirmarán las sospechas y no necesitaremos nada más.
Sigo pensando cómo comprimir los nueve mil kilómetros que nos separan. Lo conseguiré. Lo prometo. Para que los deseos se hagan realidad y puedas apoyarte en mi hombro y caminar juntos. Pronto. Muy pronto lo lograremos de algún modo.

domingo, 20 de julio de 2014

Viajes

No hay maleta que aloje el recuerdo, ni retina que guarde la imagen; no hay minutos suficientes ni palabras que lo expresen. Sólo hay momentos; momentos que se agotan y se escapan, instantes que fluyen, sonidos rotos, olores perdidos. 
Éso es viajar. Es abrir el pecho, la mente y los sentidos. Es la anécdota, el camino y la circunstancia. Es el niño que te mira desde su carro, el anciano que no entiende y el chico que conoces. Es sentir que perteneces a un único pueblo, que no hay barreras ni idiomas, que no estás solo, que sigues una línea infinita que te has propuesto recorrer, de la que jamás saldrías para volver a tu rutina, a la que ves ahora como un agujero oscuro y profundo donde se pierden los que cierran los ojos a una verdad única y certera que es el mundo entero.
Y nadie más lo va a entender, porque nadie ha tenido tus imágenes impactando en sus ojos, ni ha sentido la incertidumbre de quien camina solo por una ciudad ajena; porque jamás lo han vivido en tu circunstancia, con tus conocimientos ni tus dudas, ni han tenido tus mismos miedos ni expectativas. Porque cuando digan que ellos también estuvieron, no sintieron la misma lluvia en su piel, o el olor del pan recién hecho a la misma hora; no escucharon a aquellos músicos al pie de la Iglesia, ni le hicieron la foto frente al río a la misma pareja.
Y cuando estás llena de todo esto, aunque no saciada, la alarma de tu agenda te quiere hacer aterrizar en esa ciudad en la que los días transcurren iguales y monocromos; y sientes que ya no hay olores, ni cruces de miradas, ni nuevas personas que enriquezcan tu vida con sus historias. Y guardas apresurada el equipaje sabiendo que dejarías todo menos esas nuevas pertenencias que sólo tú entiendes: el ticket de un refresco, el billete de un tren, las monedas de un tercer país que has descubierto... Y de repente abres los ojos y todo ese ritmo frenético de planos y dudas se ha detenido, y te vuelven a hablar de todo lo que querías dejar atrás, y te encuentras inmersa en un flujo mecánico de trabajo, rutina y decepción como los trabajadores de la película Metropolis, caminando cabizbajos sin destino. 
Es la condena, el precio que pagas por esos días de desengaño y libertad. No es malo. Hay personas increíbles allí también, pero lo que os une es lo que os separa, porque tu trabajo no te define, así que no podría ser un vínculo. No eres como todas esas parejas que te rodean. No podrías asentar algo grande sobre un cimiento tan sencillo.
Y así, de nuevo, tan perdida como siempre, sin un destino nítido pero cada vez con un pasado más enriquecido, te incorporas a filas. 
Mañana vuelve a ser lunes. Un lunes normal de trabajo.


miércoles, 1 de agosto de 2012

Noches

Me enredo en las sábanas, aún somnolienta, buscando su calor, pero no lo encuentro. Trago saliva, suya y mía, y todavía soy capaz de saborearlo. Estoy húmeda y con el corazón latiendo con seguridad en mi pecho y en mi vientre, ese que hace un momento él acariciaba y recorría una y otra vez.
Suspiro con seguridad y, sin buscarlo, su silueta se cuela alargada entre las cortinas. Se tumba a mi lado y observa mis ojos perdidos en la ventana. Por primera vez en mucho tiempo no quiero huir; pero no encuentro el motivo por el que necesito quedarme. No es la historia de siempre; es una necesidad mutua de respeto y cariño. Y él lo reconoce. Rompe ese encanto que hemos creado basándonos en la ilusión y admite que ambos deseamos esto porque lo echamos de menos. Y yo no le veo el problema y lo abrazo con fuerza, porque él es el calor y el compañero que ahora necesito.
Permanecemos en silencio, cómodos como hace meses nos merecíamos estar. No he encontrado mi media naranja; he coincidido con otro solitario al que le agrada una cara conocida y un poco de conversación después de compartir una cama. Pero eso ambos lo sabemos, así que nos resignamos porque ya la noche no nos ofrece esa sensación triunfal y tenemos horarios demasiado incompatibles como para encontrar a alguien mejor. 
Nos auto-convencemos de que esto es el comienzo de algo, y sonreímos entre las sombras de la noche, conscientes de que no lo es, pero es lo que mejor nos viene ahora mismo. Sin más futuro, sin más problemas. Convivencia y deseo. Sólo eso.

lunes, 21 de mayo de 2012

Siempre

Paso por las fotos de mis últimos seis años, aquellas que sólo me atrevo a ver en la intimidad, y me veo cambiar. Mi cara se ha perfilado, mis ojos han perdido su inocencia (esa misma que aún mantengo en el corazón), mi cuerpo ha cambiado... Han cambiado los amigos que jamás me fallarían, se ha ido una parte de mi familia, he perdido la relación con mi hermano, he olvidado todas aquellas fórmulas y teorías físicas y matemáticas que me hacían soñar cada noche, he memorizado una carrera, y he perdido oportunidades que asocio a cada una de las imágenes.
Cómo se nos va la vida, casi sin darnos cuenta. Cómo huye velozmente ante nuestros ojos sin valorarla.
Nacemos, luchamos por una serie de objetivos hacia los que nos han ido vapuleando, y morimos. Todo irremediablemente, todo sin vuelta atrás. Tememos la muerte cuando en realidad deberíamos temer por la vida, en esa irónica sensación de control que tenemos sobre ella, porque sólo podremos modificar lo cotidiano, no nuestro final. Tenemos que pelear por nuevos propósitos, por que seamos recordados y sobrevivamos en el recuerdo por encima de nuestra existencia, que es cuanto tenemos.
Terminamos en una caja de una madera que pocas veces nos permitimos en vida, unas palabras de un sacerdote que poco nos conoció y que nos guía en la vida eterna y en unas lágrimas recogidas en unos cuantos pañuelos arrugados de los que nos despiden en los últimos momentos. Y luego sólo queda el recuerdo; se olvida todo cuanto erramos y perdura lo positivo. Y así es y será por todos los años que nuestros conocidos se preocupen en mantenernos en sus pensamientos.
Y nuestros hijos sabrán que sus abuelos no fueron tan buenos como les contamos del mismo modo que yo sé que mi abuelo era un gran artista de carácter difícil. Y les querrán, tanto como nosotros queremos a los que no llegamos a conocer. Sólo por extensión, sólo por una foto olvidada en un cajón en los que se les ve sonriendo; sólo por una flor aplastada en la contraportada de un viejo libro, o sólo porque heredamos alguno de sus gestos.
Hace años pensaba que no hacíamos historia, pero son tantas las personas que nos cruzamos cada día, y tantas las percepciones e interpretaciones de nuestras anécdotas, que es imposible que en algún momento no hayas iluminado la conciencia del más inesperado, o que no ayudases en un gesto casi imperceptible para ti a alguien. 
Somos y seremos; y tú, abuela, siempre serás para mi. No te olvido.

martes, 1 de mayo de 2012

Gente

Llevo confusa muchas semanas. No sé exactamente lo que pensar, pero soy incapaz de sentirme a gusto ni conmigo ni con los que me rodean. No hago nada que me satisfaga, no avanzo, no me halaga ningún comentario que sé que estaba hecho con ese fin...
Cuando comencé a escribir aquí, con el temor de que algún insensato derrochara su tiempo en leerme, lo hice en parte para desahogarme cuando se acercase ese momento que ya está al caer y que marca el final de esta etapa: la graduación. Se acabaron los apuntes, las clases, los profesores, las prácticas. Todo lo que sé hacer y que he ido puliendo a lo largo de estos 23 años se termina y comienza el trabajo, los compañeros, las nóminas, las deudas, las hipotecas... Estoy terriblemente feliz por eso, está claro, pero a la vez me embarga un profundo sentimiento de vacío, en el que no doy cabida a ninguno de los que me han acompañado los últimos seis años.
Este fin de semana me he ido reuniendo, aprovechando los días de puente, con esas personas que son como una constante en tu vida, los que siempre han estado ahí aunque cambiasen innumerables variables; y me han inundado de paz. Parece que cada vez que los veo, recuerdo que todo tiene un sentido y que hay gente que siempre permanece, aunque me fuera durante años de su lado. Son esos tipos con los que estás horas hablando y es el sueño el que separa las conversaciones.
Este puente, en medio de muchos sentimientos encontrados por muy diversos motivos, siento que hay personas que merecen demasiado la pena.

lunes, 2 de abril de 2012

Viaje de fin de carrera

Vengo del viaje más increíble de todos, el que más llevo anhelando entre la admiración y el miedo, y, cuando he marchado, esa sensación indescriptible de desahogo me ha vuelto a invadir, empujándome a no volver, animándome a que sería en éste en el que encontrara eso que tanto llevo buscando. Pero he vuelto tan entera como siempre, tan llena de historias que no tienen a nadie que las escuche, tan sola y tan lejos de un hogar como otras veces. He vuelto, amigos, a la monotonía.
Me invade de nuevo ese sentimiento de soledad que hace que cada vez desee con más fuerzas no regresar de la siguiente escapada. Esta vez he estado más cerca de contar lo que me lleva atormentando tantos años y que aún no me he atrevido a pronunciar en voz alta. Me he dado cuenta de que estoy esperando encontrar a alguien de quien huir no como lo he hecho hasta ahora, sino con kilómetros de seguridad de por medio. Quisiera encontrarlo y gritarle que aquello no tuvo que pasarme a mí, que no fue justo y que sigue regresando a mi memoria cada día, sin dejarme descansar tranquila. Pero luego pienso en que es igualmente injusto cargar a alguien con mi historia, con su conciencia y con mi abandono al mismo tiempo, y regreso a este mismo instante, con mi vida marcada por un error que acarrearé hasta el final de los tiempos.
Cuando viajo sueño que, al igual que el avión despega y me aleja de toda mi historia, de todos los buenos y malos recuerdos, yo también los dejo atrás, y por eso soy tan feliz fuera de mi patria. Sin embargo, la amo demasiado profundamente y aquí regreso sin importar cuánto arriesgué o lo que mi temeridad pudo haber supuesto.
España, me acoges siempre como una madre que es a la vez protectora y conciencia. No sé si quiero alejarte de mi vida, pero quiero ser tan feliz como cuando escapo de tu tierra y dejo atrás secretos, lágrimas, soledad y monotonía.

viernes, 2 de marzo de 2012

Miedo

Tengo miedo de mi pasado, temo haber cometido equivocaciones en las bifurcaciones de los caminos que llevan a este mismo instante, y me da pánico el no descubrir qué hubiera ocurrido si lo hubiera hecho de otra manera. 
Sé que he cometido tantos fallos... tengo tan claros mis errores que casi no soy capaz de valorar los triunfos, que se me presentan como descarados insultos al despropósito de mi presente. Siento que es algo que nos iguala, que ninguno de nosotros tenemos la oportunidad de enmendarnos completamente. Podemos ignorar lo que hicimos, pero nunca corrigirlo. Podemos mejorarnos, pero jamás borraremos el lastre de lo que fallamos.
No sé si éste es el momento de recurrir a una religión que me consuele, que me diga que alguien dijo alguna vez, (y demostró de forma inexplicable, irreproducible e indemostrable) que tendré otra oportunidad de conocerme desde el inicio, y que mejoraré con el paso de las vidas hasta lograr una que sea totalmente placentera y satisfactoria. Ni siquiera sé si existe alguna religión que diga que estamos aquí de prestado, con un cuerpo asignado al azar, en unas circunstancias cualesquiera, destinados a vivir hasta que la muerte determine el final de un aprendizaje y el comienzo de uso de otro nuevo cuerpo en algún momento y lugar. No sé si alguien ha pensado alguna vez que somos tan pequeños en esta vida, que sesenta o setenta u ochenta años son tan pocos, que simplemente representan un tránsito de aprendizaje, tras el cual nos volveremos a conocer, no con un aspecto concreto, sino en ese pensamiento profundo que aparece cuando nos quedamos a solas reflexionando sobre nuestro porvenir. 
No sé si todo esto es creer en la reencarnación, ni sé si es una idea alocada pensar que el carácter que cada uno de nosotros reflejamos es, en parte, fruto de nuestro grado de aprendizaje en cuerpos sucesivos. No sé si es del "alma" de lo que hablo, ni sé si es absurdo todo este planteamiento; pero llegan momentos en la vida en que, simplemente, buscamos un refugio en que cobijarnos y olvidarnos de este loco mundo que automatiza cada segundo de nuestro tiempo. 
No quiero volver a levantarme para labrarme un futuro al que ahora veo incierto y superficial. Necesito pensar que esto no es todo lo que voy a ver, porque entonces, de este mundo tan pequeño, no voy a conocer prácticamente nada; y eso hace insustancial el madrugar cada día para moverme en mi minúsculo ambiente de mi minúscula ciudad de mi minúsculo país en mi minúsculo continente.
Cuando la muerte me rodea en mi profesión, mis amistades, mi vida personal, surge esa pérdida de egocentrismo que habitualmente tenemos, y aparecen tantas dudas que hacen necesario recurrir a lo irracional para justificar lo que no conocemos.

viernes, 27 de enero de 2012

Hoy

Hoy quiero gritar y no puedo; quiro llorar de rabia y me avergüenza la idea. Hoy tengo esa sensación sobre el pecho que me recuerda lo perdida que estoy, lo alejada que me encuentro del resto de mis amigos. Siento ese vacío incómodo que hace que mirar la agenda de mi teléfono resulte hipócrita. No sé a quién llamar; no sé a quien abrazar; no sé a quién gritarle que estoy cansada de todo esto. Quisiera coger en la estación un autobús a ninguna parte. Alejarme de esta ciudad que ya no me aporta nada y empezar de cero, tener la oportunidad de volver a sentir esa sensación de aire fresco que te da conocer a alguien; la energía que transmite escuchar nuevas risas, nuevas historias.
Tengo miedo de que todo se repita, de que una vez más cierre una etapa sin valorar esos momentos cotidianos con mi gente. Me da pavor la idea de volver la vista hacia atrás y arrepentirme de no haber mimado a los que en su día parecían querer velar por mi. Sin embargo, siento que me he estancado en una rutina que me aporta poco.
Sigo sola. Tan sola como el año pasado, y el anterior, y el anterior. Sola irremediablemente, según me indican todas las señales. Testigo y apoyo constante (o eso espero) para quienes a mi alrededor ya encontraron a alguien, para quien lo perdió pero supo saborearlo, o al menos conoce ese sentimiento, para quien, por ese alguien, me dió la espalda y dejó de necesitarme. Estoy cansada de ser amiga, compañera, hombro, pañuelo... y nada más para nadie. Estoy triste y sola, rodeada de amigos y nada más. Y sí, ahora necesito algo más.

martes, 3 de enero de 2012

La despedida

Siento tu cuerpo latiendo junto a mi, desprendiéndose de ese calor que los dos hemos creado, y levanto mi cabeza hacia el cielo, que ya comienza a pintarse de azul. Los primeros rayos asoman en un sin fin de colores y las gaviotas parecen celebrarlo sobre nosotros, con su agudo cántico desperezándonos en lo que parece haber sido un sueño. Mis sentidos están al rojo vivo. Noto cada grano de arena adherido a mi piel, y aprovecho para desprenderte a ti de alguno de los que luces en el torso. Todo transcurre como a cámara lenta: mi mano acariciando tu espalda, el viento despeinando tu cabello dorado, el aroma a sal batida por las olas que constituyen nuestra banda sonora. No quiero alejarme nunca de ti. Deseo que todo sea siempre así. Pero ahora eres tú el que se despierta, y sonríes formando un oyuelo en una sola de tus mejillas. Aún estamos abrazados. Dices que tienes que irte, que te esperan en el puerto, y que nos veremos antes de lo que imagino; pero sentir que te alejas ya duele.
Como puedo, me incorporo para verte marchar. Caminas con gracia, pareces despreocupado y no vuelves la cabeza, pero sé que es porque tus ojos no dejan de llorar. El sol en el horizonte me ciega y tú lo ocultas con tu silueta. Es como si hoy sólo hubiera salido para iluminarte. Permanezco recostada recordando esta noche, hasta que de repente tu barco rompe el compás de las olas. Camino hacia la orilla, dejando que el frío agua moje mi vestido y te despido con la mano aún sabiendo que no me podrás ver. Nada importa sin ti. El tiempo es perdido cuando no estás a mi lado.

lunes, 2 de enero de 2012

Belleza

Comienza un nuevo año, y, de nuevo, Mónica se enfrenta al día a día. La cena ha sido dura, pero nada en comparación con lo que se la viene encima. Toma las uvas. Ella sólo puede con seis, así que las divide a la mitad para que hagan las veces. Después, va a su habitación. No sale de fiesta como la mayoría de las chicas de su edad; se tiene que poner el pijama para no seguir trastocando el ritmo habitual del día, y entonces, se enfrenta a su problema por primera vez en este año. Se mira al espejo y duda si debería echar un vistazo. Prefiere no jugársela y retroceder al encierro de hace unos meses, así que se da la vuelta y se cambia de ropa. No tiene palabras para lo que ve; ni palabras ni fuerza para seguir soportándolo, pero tampoco parece tener fuerzas para dejar de hacerlo.
Mónica no ve esa piel suave que cubre su rostro, no ve sus ojos azules, ni la gracia que tiene su pelo castaño. Tal vez no sepa nunca que anhela algo que no necesita, pero es que ella no ha tenido buena suerte. Sus amigos han disfrutado de su compañía ajenos a todo. Óscar se enamoró de ella desde la primera vez que la vió, pero es un amigo paciente que ha visto cómo ella prefería a chicos de una noche cada vez que salían de fiesta. Claudia ha depositado en ella toda su confianza, y aún recuerda las noches de pijama y confesiones. Patricia y su novio Julio se conocieron gracias a ella la primera vez que hicieron un viaje al extranjero sin padres. El resto de sus amigos -Elena, Pedro, Juan, Alicia...- han compartido con ella infinidad de momentos. Ninguno de ellos se percató de lo que sucedía.
Mónica al principio era una chica más tímida y solitaria. La gustaba estudiar y leer porque se transportaba a lugares lejanos. A veces, en su soledad, Mónica estaba tan intrigada con la trama de sus fantasías y series, que soñaba que ella formaba parte de todo aquello, y conocía a sus personajes mejor que los propios escritores o guionistas. Con el tiempo, fue abriéndose al mundo y conoció a mucha gente. Salía de fiesta y siempre tenía a quien llamar para dar un paseo. Pero los fantasmas del pasado, esos que había querido enterrar en el olvido, reaparecieron con más fuerza que nunca, y comenzó a combatirlos a su manera.
Sus amigas eran, a sus ojos, infinitamente más afortunadas que ella. Las veía bailar y sentía que ella estaba ridícula haciendo lo mismo; las veía con sus parejas y era testigo de una compenetración que ella no sentiría jamás; la hablaban de sus viajes por todo el mundo, donde habían hecho el amor en mil lugares distintos, y lo que ellas sentían, Mónica sabía que jamás llegaría a conocerlo. Por todo ello, poco a poco, empezó a rechazar a los únicos chicos que merecían la pena, y comenzó un torbellino de noches de locura y sexo. Despertaba a la mañana siguiente con un completo desconocido a su lado, las sábanas revueltas y su maquillaje corrido. Mónica dejó de quererse y comenzó una carrera intentando ser lo que no podía. 
Ahora se presenta ante su familia con vergüenza. Dejar de comer ha sido lo que la ha separado de todo lo que tenía. Sus amigos no saben cómo reaccionar y, aunque se ven obligados a pararse cuando se encuentran con sus padres en la calle o el mercado, no cogen el teléfono para hablar con ella ni la escriben un mensaje. No saben que ahora les sigue necesitando incluso más que antes. Unos se culpabilizan por no haberse dado cuenta de su comportamiento, otros simplemente piensan que ha sido débil y cobarde. 
A Mónica hay que tratarla con cariño. Es débil, como siempre lo ha sido. Hay que educarla a sus diecinueve años como si fuera una niña. Hay que enseñarla a quererse sin caer en los tópicos de que ya había gente que la amaba. Hay que, simplemente, darla una razón para seguir; pero incluso eso, será difícil para ella.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad

Celia tiene una pequeña casa repleta de tapetes de ganchillo y recuerdos. Es fría y la madera parece quebrarse bajo sus torpes pies, pero le ha dado cobijo y ha velado por su familia, viéndola crecer y pelear por su futuro. Cuando su hijo fue a por ella pareció no importarle todo aquello, y sin mirar a su alrededor cogió su maleta y la cargó en el maletero, y a ella en el asiento del copiloto. Pasó el camino fingiendo una sonrisa que hablaba de las ventajas de su nuevo hogar y de vivir junto a sus nietos, pero Celia añoraba su vieja mecedora y la manta sobre sus piernas, las conversaciones con los cada vez más escasos vecinos, su cocina de gas y las cazuelas de porcelana, y fingía escuchar a su primogénito mientras derramaba una lágrima viendo alejarse por el retrovisor a su pequeño pueblo.
Un par de horas después, Celia despertó y sus ojos reflejaron las luces de la Gran Vía, que se desplegaban como en un insulto de poder sobre su pequeña y débil figura. Cada vez se sentía más ajena a todo aquel mundo que ella ni había conocido ni había necesitado. La llevaron a toda velocidad por calles inundadas de hipocresía, ruido y regalos innecesarios cubiertos de papel brillante, y cuando llegó a casa, el portal se extendió a sus pies tan frío como el mármol que lo envolvía. Su nuera la rodeó con rapidez con sus brazos y un par de niños se vieron obligados a hacer lo mismo. Se sentía como un títere en manos de su propia familia.
En la soledad de su habitación, se sentó en la cama y se sintió aturdida: los ruidos de la calle, la altura del edificio, la decoración moderna e impersonal que la rodeaba...
Celia pasó así su última Navidad. Añoró la calma y la paz que la habían acompañado toda su vida, sus viejos muebles, los álbumes de fotos que no había logrado guardar en la bolsa de viaje, pero sobre todo añoró tener que soportarlo en silencio, sin argumentos que a sus modernizados hijos les hicieran comprender que todo aquello era más saludable que cualquier hospital de ciudad, que todo médico, que toda alimentación pasteurizada y controlada por una cadena de señores que industrializaban la comida natural. Ella envejeció de repente porque su corazón quedó en los rincones de su hogar, y sus últimas miradas no vieron la fría cama de hospital en que se perdieron, sino que repasaron el porche en que dió su primer beso, la camita de la alcoba donde dió a luz a sus hijos, el olor de la leña quemándose en la chimenea, y el del brasero cuando pudieron permitírselo, sus agujas de ganchillo, su caja de las fotos de su vida...

lunes, 12 de diciembre de 2011

Ideas en el Metro

Hace cosa de una semana, una amiga se sacó el carnet de conducir. Yo también lo tengo y, mientras que ella lo estrenará en cuanto se lo den en mano, yo continuaré usando el Metro. Sí. Ese Metro de Madrid que tan buena y merecida fama tiene.
En suma, cada semana paso más tiempo en sus galerías que en mi casa, me desplaza de punta a punta de mi ciudad y supone mi referencia geográfica principal. Dicho así, podría estar escribiendo una rata de alcantarilla, pero es que con el paso de los años se le va cogiendo gusto a este medio de transporte. 
Tanto es así, que si hablara contaría millones de historias, algunas de las cuales han marcado mi vida: en el Metro he sufrido insultos, ofensas, amenazas, borracheras ajenas y propias, halagos, piropos, peticiones de citas; he escrito, estudiado, pintado, dormido; me he mareado, he ejercido de médico, he llorado, he reído, he quedado, he escuchado mi música, la de otros, la que tocaban, las historias de los que pedían... y muchas, muchas veces, simplemente me he relajado.
Doy gracias a que en el Metro los asientos te obligan a mirar al de enfrente, porque de esta forma se descubren la sinceridad y la inocencia de muchos ojos. Porque, ¿quién no ha dejado la mirada perdida en esos trayectos automatizados?, ¿a quién no se le ha caído una lágrima en algún momento, cautivado por la soledad de los propios pensamientos?, ¿quién no ha sonreído en el momento apropiado a otro y te ha hecho ver la bondad de las personas?
Tal vez sea una sensiblería pasajera, pero muchas veces nos relajamos tanto en el Metro y somos tan conscientes de que nuestros compañeros de viaje son temporales, que afloran los gestos y pensamientos que en otras circunstancias ocultaríamos, o al menos reservaríamos para la intimidad de nuestros hogares.
Hoy el señor que iba delante de mi y yo nos hemos estado mirando durante diez minutos: él veía a una joven solitaria con ojeras que entrecerraba los ojos tratando de prestar atención a la lección que escuchaba a todo volumen de sus cascos y luchaba por no dormirse; yo veía a un hombre cansado cargando con un portafolios, probablemente un maestro, probablemente cansado de la vida. Ambos éramos un complemento: él enseña, yo aprendo, pero los dos obligados, deseando una paz que hasta dentro de mucho tiempo no obtendremos.