jueves, 18 de mayo de 2017

Las dos caras

Te observo esa piel tersa que no te has ganado y el perfil de tus labios carnosos. Tu pelo está recortado a la última y cae despreocupado sobre tu frente, haciendo de tus ojos una imagen caprichosa. Sonríes mirando el móvil: alguien te escribe, probablemente mucha gente, a pesar de ser primera hora de la mañana. Tu posición desgarbada y cómoda no molesta a tu compañero de asiento y mejora aún más la caída de tu ropa. 
Luego estoy yo. Esa chica feúcha que cada día se sienta a tu lado y te mira de reojo por encima de sus libros. Me siento tensa con las piernas juntas y aún así es raro el día que mi bolso no se escurre o tropiezo con los pies del de enfrente. Empequeñezco cada segundo que pasa. El reflejo del cristal me devuelve una imagen casi cómica de un intento de maquillaje malogrado y una ropa que nunca terminó de sentar bien. Me avala mi currículum, me digo, que confiesa unos logros silenciosos entristecidos por el fracaso social. Doy miedo. Hago temer a quien se me acerca porque me creen de una inteligencia sobresaliente, sin ver cómo envidio su naturalidad. 

...

Nuevamente se ha sentado a mi lado y mi temor crece cuando aspiro el aroma de su perfume. Siempre perfecta: blusa y falda planchada y un abrazo firme y nervioso a sus libros. La descubro mirándome tras sus gafas y me hundo en la pantalla apagada del móvil esbozando una sonrisa. Quisiera tener el valor de levantarme y saludarla. Desearía explicarle que lo que ve es una fachada tontaina que lucha por integrarse en un mundo superficial, pero que no me representa. Desearía confesarle cuánto la admiro. 
Estoy cansado de esas niñatas que sólo piensan en el color del brillo de labios y en conseguir el novio más cachas al que probablemente engañen con cualquiera una noche. No quiero que me vean vacío y sin conversación, ni que sólo me miren la cara y no el corazón. No recuerdo cuándo mantuve una conversación interesante después de acostarme con una chica, ni sé explicar por qué volví con esas rubias despampanantes que sólo me dan unos minutos de placer vulgar. 

...

Ojalá me hablase. Ojalá me mirase. Ojalá me descubriera. Y nuestra parada llega y nos bajamos por puertas opuestas. Mañana, mañana me atreveré y no temeré el ridículo. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

Cuando el plan B se convierte en A

No sé dónde voy. No entiendo cuál es el problema ni qué me impide cambiar. 
Mañana se acaba una etapa de primeras veces, primeras responsabilidades, primeros sueldos y primeros compañeros de trabajo. Miro hacia atrás y veo este periodo resumido en imágenes de un trabajo que no me llena, del que permanentemente quiero escapar; imágenes de noche de fiesta con vestidos demasiado cortos y lenguas demasiado largas, rodeada de personas que no me importaban con las que amanecía entre sabor a tabaco y sudor; imágenes de ojos desencajados por el sufrimiento de una urgencia que les arrancó de su hogar y destrozó sus planes, ojos que se apagan y ojos que se defienden ante lo que no quieren escuchar de sus familiares; imágenes de bosques, ríos y playas, de amaneceres y atardeceres, de aire puro y frío abriendo mis pulmones; imágenes de autobuses con pequeñas pantallas que atravesaban media España en un sinsentido de hogar perdido y hogar deseado. En todas esas imágenes estoy sola. 
Ese muro grueso y estable que levanté me aleja de cualquier oportunidad. No me siento digna de nadie que quiera acercarse, así que los alejo. Ha habido un par de ocasiones en que he tardado algo más en echarlos de mi vida... quizá eso ya sea un paso. Pero ver el final desde el principio... eso, eso me define. 
Imagino a un chico interesante que derrocha un minuto conmigo y me río hacia mis adentros. No lo merezco, no quiero que nadie gaste su tiempo a mi lado y desperdicie la oportunidad de estar con alguien mejor. 
Creo que las parejas perfectas son también el perfecto egoísmo. No concibo cómo puedes mirar a los ojos a alguien a quien ames y ser tan codicioso como para quererlo sólo para ti. Es difícil de cambiar, imposible para mí. 
Hace unos días se lo confesé a un nuevo desconocido demasiado bueno como para pasar más noches junto a él y se echó a reír. No supe explicarlo. Lo considero tan evidente que me enerva que el mundo no lo entienda. 
Sin embargo, mi certeza ha hecho que ya no tenga un plan B por si no encuentro a nadie: ahora ése es mi plan A. Sólo un accidente haría que cambiase mis planes. No tiene sentido confiar en que va a suceder lo que no soy capaz de aceptar. Así que me alejaré. Vagaré por países a los que nadie quiera ir y nunca tendré esa vida de ensueño con piso propio, hijos y casita con chimenea en un pueblo junto al mar. Un día algo truncará mis viajes y mi odisea pero habré sido libre y feliz. Es lo único que me motiva a fingir esta normalidad que me es ajena. 
Mañana acaba un periodo que deja lugar a otro llamado experiencia, sin controles ni evaluaciones, sin supervisión directa ni límite definido. Así será hasta que la edad o la oportunidad me permitan comenzar mi vida real. ¡Cuánto lo siento por esas personas que, tontas, pensaron por un momento que romperían el muro y entrarían a un pecho donde no late corazón alguno! Ahora sé que pasarán sus días con alguien más acertado. 
¡Qué destino tan solitario y vacío se abre a mis pies! ¡Qué inútil haber luchado contra él, tan firme y decidido!

lunes, 22 de agosto de 2016

Cambios


Son casi nueve meses sin escribir, sin desahogarme en un Blog perdido en un mundo virtual mayor que el terrenal en que vivimos. Me miro y no me reconozco: tan feliz, tan entregada, tan crítica... Nunca antes lo había sentido. 
Mi vida fluye por ciclos cortos de tres, tal vez cuatro años, indefectiblemente, inevitablemente. Vengo de un periodo de experimentación, de cambio de vida. He conocido mi primer contrato laboral, he luchado por abrirme hueco en una ciudad diferente, con un trabajo de verdad. He estudiado para trabajar con pacientes, para enfrentarme con las vidas de cientos de ajenos con vidas dispares, y con sus muertes. He cambiado de casa para hacer mío un rincón en el mapa al que cada mes le pago por existir. Me he alejado de mis amigos, atándolos con una cuerda muy elástica de horarios y lugares, para siempre mantenernos unidos. Me he separado de mi familia, consciente de que con nuestra relación previa, casi obligada, me arriesgaba a enfrentarme sola a la vida con la carga de la inminente vejez de los que me cuidaron antes. Y he salido adelante, tropezando un millón de veces y volviéndome a levantar. Sin embargo, han sido tres años de rebeldía, de descontrol, de noches perdiendo los papeles por casas ajenas y carreteras del mundo. He ahogado mi sangre con alcohol y he intoxicado mis pulmones con tabaco. He salido más que he permanecido en casa. He arriesgado esfuerzo y reputación por otra copa, por otra canción, por otra noche. 
Y de repente, he caído y me he levantado con la intención de no volver a hacerlo por esos mismos motivos. 
Así se ha iniciado otra fase de mi vida. Una que comienza por la absoluta casualidad con un accidente fatal del que siempre llevaré cicatrices, pero que me ha aportado una visión peculiar de lo que puede ser una vida. Súbitamente, me he descubierto en una comunidad increíble, llena de bosques, montañas, ríos y mar, plagada de rincones por descubrir, casi inaccesibles, y otros mucho más abiertos. Me he visto a mí misma con la posibilidad de absorber todo lo bueno que la vida me está dando justo en el momento en el que me ha obligado a frenar en seco. Me he dado cuenta de que me estaba dejando atrapar por el qué-dirán, por la presión de la edad y el tiempo que va avanzando. Empiezo esta etapa conociendo a alguien que hace que se tambaleen mis cimientos: una constante, un apoyo, una presencia diaria a la que extraño cada día hasta que hablamos, una persona increíble  y atemporal, con espíritu de veinte en cuerpo de otros tantos más, que me mete en su vida aportándome una visión amplia sin obligarme a nada. Y sé que no es ella, que ella es "mi amarilla" como dice aquel libro de Albert Espinosa; es la persona que tenía que cruzarse en mi vida para mejorarla, para darle un significado y reorientarla. 
Trabajar para vivir y disfrutar cada segundo. Así comienzan estos años. Lejos de noches locas en vela, lejos de maltratar un cuerpo que no ha caminado a mi ritmo desde hace años, lejos de personas a mi lado que no me aportan nada en positivo, lejos de intentar aparentar. Dispuesta a todo y a todos en positivo. Espero no cambiar.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Perdida

Mi corazón se divide entre tres mundos separados por kilómetros y un anhelo común. 
Mi primer mundo es mi refugio, mi protección y mi escape. Representa los minutos de libertad, los amigos de verdad y el calor de mi hogar de la infancia. Es mis recuerdos, ese aroma peculiar que te hace sentir tan bien cuando se abre la puerta, las historias de cada esquina, las oportunidades. Es la calle de mi primer beso, las primeras promesas con mis amigos, los primeros triunfos y las primeras derrotas. Es todas las pequeñas cosas que te despiertan una sonrisa con hoyuelo. Es un mundo llamado PASADO.
Mi segundo mundo es al que me condené. Ese que me da de comer y me mantiene distraida. Es mi mejor línea de currículum y una pequeña nueva familia que sé que me olvidará en cuanto desaparezca. Es la pura esencia de la fruslería, de lo superficial. Es lo que no me roba mi corazón, donde no dejo que nadie se quede con ningún pedazo y de donde huyo en cuanto tengo oportunidad. Es mi PRESENTE.
Mi tercer mundo es un sueño. Es donde por fin soy feliz y adulta, donde he luchado por mi destino y he ganado. Es ese lugar al que escapo puntualmente para vivir una vida perfecta. Es donde tengo al único que me ha hecho vibrar e ilusionarme desde hace mucho tiempo y al que quien me quiere me empuja a marchar. Este, ojalá, ojalá sea mi FUTURO.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Tú, siempre tú...

No te haces una idea de cuánto te extraño; de lo mucho que añoro esos domingos infinitos de paseos sin destino, descubriendo un Madrid que era sólo nuestro y esos roces espontáneos que de vez en cuando dejábamos que sucediesen. 
No imaginas lo que pienso en esos ojos marrones tan profundos que guiñas un poco cuando fantaseas en tus historias. Recuerdo las arrugas que se te formaban al sonreír con esa sinceridad que te acompaña desde que te conozco, y recuerdo también tus relatos imposibles donde abrías tu corazón a la única persona que te escuchaba sincera. 
¡Cuánto te he querido siempre! 
La primera vez que te vi, con tus rizos despreocupados, me invistaste a entrar en tu vida. Me acuerdo de los mensajes de texto, porque hasta ahí alcanza nuestra amistad, sin Internet en los móviles y con caracteres que ponían límites a todo lo que nos deseábamos contar. No lo sabes, pero los escribía ilusionada, boca-abajo en la cama, a hurtadillas y entre risitas adolescentes y cómplices con nuestra amiga en común, que nos incitaba a querernos. Tú me respondías en seguida y entonces supe que no hablábamos de un lío pasajero, que estábamos aprendiendo a forjar una amistad profunda, juntos. 
Desde entonces nos hemos robado algunos besos. Me acuerdo bien de Moncloa, tú y yo, y de la llamada al día siguiente explicándonos que nuestra amistad valía más que cualquier malentendido. También de nuestras largas conversaciones por teléfono, que teníamos que interrumpir para que no nos regañasen y que continuábamos después de la cena, tirados en la cama, cada uno en su casa, como en esas películas en las que dividen en dos la pantalla para que veas qué complicidad tienen sus protagonistas, llegando a hacer los mismo gestos a la vez.
Fuimos a Londres y lo mejor de ese viaje fue que me pidieses salir del hostal a dar un paseo y charlar en un banco. Éramos nosotros en otro país, pero me dejaste claro que nuestra esencia se conservaría siempre. Nadie lo entendía, todos pensaban que había un deseo oculto detrás de nuestras citas constantes.
Nunca me importaron las otras chicas de las que me hablabas. Supongo que tampoco a ti te molestaban mis chicos. ¡Contigo me sinceré tanto!
Luego me fui de la ciudad y poco a poco todo fue cambiando. No entendiste que no tuviera tiempo, me visitaste y no te gustó mi nueva vida. Deberías haberme gritado; te deberías haber enfadado conmigo, no huir del modo en que lo hiciste. 
Te echo mucho de menos. Necesito contarte cómo me siento, escuchar tus historias, que me cuentes cómo son las cosas en tu oficina. Necesito que escuches cómo mi vida poco a poco se está echando a perder. No sé hacia donde dirigirme y tú eres la constante que siempre he tenido. 
Tengo que reunir el valor y llamarte, porque sé que tu enorme corazón me perdonará sin reproches.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Me descolocas

Me descolocas. 
Te conocí hace ya año y medio. Eso son muchos meses y muchos días. Y no, no ocupas mis pensamientos, ni me impides que haga lo que quiero con quien quiero, pero sigues sacando una sonrisa cuando leo que me saludas.
Te conocí en una estación abarrotada. Fui yo quien me fijé porque la iluminabas: tu paso decidido, la espalda tan recta, una expresión seria, lleno de seguridad y con un maletín en la mano. Tú ni te fijaste. Yo me sentía como tras la sombra de cualquiera de esas columnas de hierro que sujetaban el edificio. Probablemente nos presentaran e incluso nos debimos dar un par de besos. Ni me acuerdo porque me sentía muy pequeña. Pregunté por ti sin obtener mucha información. Y te olvidé. Hasta ahí tenía que haber sido todo; pero de repente apareciste por la noche y tú te sentiste disminuir mientras yo crecía con la ayuda del alcohol y la verborrea acompañante. Era un duelo de tres en el que yo jugueteaba inconsciente. Te enfadaste. Doy gracias por ello: por tu enfado, te armaste de valor y me sacaste a bailar. No quería, así que te lo dejé muy fácil. Nos besamos. Nos besamos mucho toda la semana, en la cama y siempre que nos dejaban. 
Y me fui. 
Luego llegó toda la aventura. Un despiste que me iluminó la cara porque sonaba a riesgo. Canciones, grabaciones improvisadas... me acompañaste todo un viaje de regreso para que no lo pasara mal. 
Y unos meses después, fuimos flaqueando. Poco a poco. Revisé tus fotos celosa. No sabía qué hacías tan lejos ni por qué tenías tantas amigas. No quería ver una imagen de título a traducir con dos cóckteles por la noche que le gustaba a muchas chicas. 
A continuación regresé sin saber a qué me enfrentaba. Tardamos cinco minutos en comernos. Pasamos toda la noche despiertos. Hablamos, hicimos el amor y el tiempo no había pasado. Luego ya no entendí nada. No me escribiste, no me llamaste y no querías verme. Y luego sí, y luego te fuiste otra vez, y me cansé y no quise hablarte más, probablemente porque dolía y no quería que doliese ni por un momento. No quería sentirte así. 
Y ahora de repente pronuncian tu nombre y mis ojos brillan inconscientes. Creo que no anduve; creo que volé o que levité entre la multitud buscándote ansiosa cuando me dijeron que venías. Nos abrazamos muy fuerte, probablemente porque tú sabes todo esto y quieres que piense que tú lo deseabas tanto como yo. Llenamos de nuevo los segundos con sonrisas, corriendo para ponernos al día, excusándonos deprisa nuestra ausencia y proponiéndonos sin vergüenza otra noche juntos. 
Me teletransportaría para estar contigo en una habitación. Tú hablándome de proyectos y sentimientos que los dos compartimos como por arte de magia. Te quitaría la ropa siempre para eliminar barreras y te miraría siempre a esos ojos tan especiales con los que me hablas.
¿Qué tienes que me revolucionas? ¿Es sólo que los dos tenemos la certeza de que nunca va a ser nada más que algo esporádico? Eres tan como yo que me da miedo. Tengo pavor a conocerte más, por si me desengaño o por si confirmo lo que sé de ti y que tanto me gusta. Deberías fallarme definitivamente porque sino creo que quiero que vivamos una relación sin preocupaciones y a distancia, con terceros (y cuartos, y quintos), pero volviendo por la noche y que desde la soledad de tu cama negra tan elegante te acuerdes de mi. Me da igual si lo haces junto a una mujer cualquiera desnuda con la que acabes de sudar, porque yo también lo haría y luego nos reiríamos de cómo llegamos al punto máximo y de las ganas que tenemos de hacérnoslo mutuamente. Quiero que seas un confidente nocturno. Quiero que llores delante de mi cuando añores tu tierra o cuando estés harto del trabajo en el que llevas tres años y ya te aburres.
Te espero cada día desde que te conozco y eso, amigo, me descoloca.

De vuelta

Llevo tanto sin escribir que no sé por dónde empezar. No sé cómo expresar lo que ha sido este último año, lleno de ocupaciones, de sentir el latido del corazón queriendo explotar el pecho, de conducir como una loca sin destino, rodeando montañas entre aldeas olvidadas que se debaten contra la fuerza de los eucaliptos que los rodean. He acomodado horas de trabajo, estudio y descanso para continuar la inercia, para no enfrentarme a mis pensamientos ni reflexionar el rumbo de todo esto. 
Se cierra el círculo otra vez. Dos años y medio de la misma rutina y ya estoy tocando fondo. Sólo me llena huir lejos, donde no me encuentre a nadie y llenar mis pulmones con un aire muy, muy frío que corte la piel de mi cara y me haga dejar de sentir mis manos. Y luego, mantener el ritmo más frenético que mi cuerpo aguante: despertarme con el tiempo justo y correr, trabajar sin tregua, comer sin masticar y luego estudiar, y quedar, hacer planes y cometer errores con los hombres menos indicados, y caer finalmente rendida en la cama, sola y exhausta, hasta el día siguiente. Sin tiempo para pensar. Con la música que quiera seleccionar el reproductor en modo automático que me acompañe en la calle mientras camino rápido y cabizbaja, sin necesidad de destino definido y entretenga mis pensamientos para no fijarme en ninguno. Éso ha sido mi último año. Rellenar el currículum, luchar hasta que me piden tregua y romper con los que un día pensaron que una parte de mí estaba hecha para ellos. 
Y ahora, en pleno Octubre y de vuelta a la ciudad que me ha visto nacer, me planteo volver a apoyar los pies en tierra firme, aunque aborrezca la idea por simple y aburrida, y me doy cuenta de que sigo pasando de puntillas por la vida, esquivando abrazos y planes estables, eludiendo eso que dicen que es el amor y descubro lo feliz que soy descubriendo a gente sólo para pasar a su lado unos días, dando igual el número. 
He recuperado la felicidad de los niños, su inquietud y ganas de aprender y comerme el mundo. Soy tan terriblemente feliz en este momento, en el que no sé dónde voy pero me siento absolutamente libre, que no quiero que acabe nunca. Quiero seguir sintiendo todo el tiempo al mundo moverse sobre sí mismo mientras yo revoloteo a mi antojo. Y así voy a continuar.

viernes, 1 de agosto de 2014

Volar

Hoy quiero ser pájaro. Dejar que el sol metalice mi piel, y el viento intente atravesarla, arrastrándome a su antojo por las alturas. Quiero ver el atardecer desde arriba, tropezar sin caer. Que el fino mástil sea mi sustento y el oleaje mi música. No temer la oscuridad ni el frío. No ser de nadie, y que el mundo esté a mi alcance. Quiero volar, y visitarte a miles de kilómetros, y viajar sin descanso. Estar contigo sin ataduras.
Y no sentirás que el tiempo te supera por la distancia; porque estaremos juntos. No habrá frontera, acento ni costumbre. Sólo temeremos que se acabe el horizonte. Quiero estar contigo, y repetir este mismo instante cada día. Caminaremos con las voces y sonidos que distraen y confunden a las personas. Saltaremos al vacío. Erraremos con la dirección y lo disfrutaremos. Gozaremos de la brisa que levantó la falda a la chica y despeinó al muchacho. Adelantaremos al avión, pesado y ruidoso, deslizándonos por sus propias turbulencias, y nos reiremos de ese burdo intento de copia. De vez en cuando nos posaremos para detener el mundo y el tiempo, y para recordar lo que un día fuimos.
Y nunca despertaré, para que no dejemos de volar y vuelvas a estar a mi lado, o a mi alcance. Porque hoy quiero más que nada en el mundo compartir esa carga que te abate, soltarla en medio del vuelo y que se hunda en el océano. Hoy, hermano, hoy quiero volar contigo en ese destino que se te tuerce incesante. Porque serás el padre que no tuvimos, y el amante más deseado; serás ese chico de ojos inocentes color miel. Y te envidiaré siempre, y querré como nunca ser como tú, con tus experiencias y tu atrevimiento. Nos comeremos el mundo sin tener tiempo de meditar ni temer, como siempre hacías; como me enseñaste.
Tengo tantas ganas de abrazarte, y de que no me cuentes nada de todos estos últimos años, como si jamás hubiesen ocurrido. Yo tampoco te diré nada. Será sólo hoy, aquí y ahora. Nuestros silencios confirmarán las sospechas y no necesitaremos nada más.
Sigo pensando cómo comprimir los nueve mil kilómetros que nos separan. Lo conseguiré. Lo prometo. Para que los deseos se hagan realidad y puedas apoyarte en mi hombro y caminar juntos. Pronto. Muy pronto lo lograremos de algún modo.

domingo, 20 de julio de 2014

Viajes

No hay maleta que aloje el recuerdo, ni retina que guarde la imagen; no hay minutos suficientes ni palabras que lo expresen. Sólo hay momentos; momentos que se agotan y se escapan, instantes que fluyen, sonidos rotos, olores perdidos. 
Éso es viajar. Es abrir el pecho, la mente y los sentidos. Es la anécdota, el camino y la circunstancia. Es el niño que te mira desde su carro, el anciano que no entiende y el chico que conoces. Es sentir que perteneces a un único pueblo, que no hay barreras ni idiomas, que no estás solo, que sigues una línea infinita que te has propuesto recorrer, de la que jamás saldrías para volver a tu rutina, a la que ves ahora como un agujero oscuro y profundo donde se pierden los que cierran los ojos a una verdad única y certera que es el mundo entero.
Y nadie más lo va a entender, porque nadie ha tenido tus imágenes impactando en sus ojos, ni ha sentido la incertidumbre de quien camina solo por una ciudad ajena; porque jamás lo han vivido en tu circunstancia, con tus conocimientos ni tus dudas, ni han tenido tus mismos miedos ni expectativas. Porque cuando digan que ellos también estuvieron, no sintieron la misma lluvia en su piel, o el olor del pan recién hecho a la misma hora; no escucharon a aquellos músicos al pie de la Iglesia, ni le hicieron la foto frente al río a la misma pareja.
Y cuando estás llena de todo esto, aunque no saciada, la alarma de tu agenda te quiere hacer aterrizar en esa ciudad en la que los días transcurren iguales y monocromos; y sientes que ya no hay olores, ni cruces de miradas, ni nuevas personas que enriquezcan tu vida con sus historias. Y guardas apresurada el equipaje sabiendo que dejarías todo menos esas nuevas pertenencias que sólo tú entiendes: el ticket de un refresco, el billete de un tren, las monedas de un tercer país que has descubierto... Y de repente abres los ojos y todo ese ritmo frenético de planos y dudas se ha detenido, y te vuelven a hablar de todo lo que querías dejar atrás, y te encuentras inmersa en un flujo mecánico de trabajo, rutina y decepción como los trabajadores de la película Metropolis, caminando cabizbajos sin destino. 
Es la condena, el precio que pagas por esos días de desengaño y libertad. No es malo. Hay personas increíbles allí también, pero lo que os une es lo que os separa, porque tu trabajo no te define, así que no podría ser un vínculo. No eres como todas esas parejas que te rodean. No podrías asentar algo grande sobre un cimiento tan sencillo.
Y así, de nuevo, tan perdida como siempre, sin un destino nítido pero cada vez con un pasado más enriquecido, te incorporas a filas. 
Mañana vuelve a ser lunes. Un lunes normal de trabajo.


viernes, 12 de abril de 2013

Despedidas

Y de repente, cuando menos me lo esperaba, me acosó un sentimiento especial; uno que nunca antes había sentido. Cada esquina era un recuerdo, una intención, una lágrima... Todos los rincones de Madrid aguardaban silenciosos mi partida, dispuestos a hacer tambalear a última hora mis decisiones con todas esas imágenes que se venían a mi cabeza al ver sus ladrillos.
¿Qué sería de mí sin mi Gran Vía para pasear, con esos edificios en los que apenas algún turista inquieto reparaba, eludiendo las luces y el gentío de su alrededor? ¿Qué haría sin mis grandes caminatas por el Madrid de los Austrias, donde conocía aquellas escuetas librerías con horario de madrugada, con sus cafés de jazz, con los relaciones de las más peculiares discotecas que me reconocían por la calle? ¿Cómo me acostumbraría a los autobuses existiendo un Metro que no te hace dudar de tu estación? ¿Qué sentiría al recorrerme la totalidad de la ciudad en menos de una hora? ¿Qué haría sin la ilusión de vegetación entre el cemento, con su Ángel Caído y su Rosaleda, y el estanque donde me bañé y practiqué remo, y sus pequeñas avenidas desembocando a la Puerta de Toledo, a la Cuesta de Moyano...? ¿Qué haré cuando ya no sepa responder a un turista dónde se esconden Sancho Panza y El Quijote en la Plaza de España, o dónde disfrutarán de una buena tapa, o cómo llegar a la Plaza Mayor? ¿Qué haré sin La Latina, o sin Huertas, o sin mis amigos?
¿Qué encontraré? ¿Me estaré equivocando? ¿No sería más fácil continuar aquí, con mi habitación, que contiene todo lo que necesito? ¿Cómo evitar la sensación de decpcionar a los que me rodean, de estar abandonando todos los detalles que me han proporcionado?
Tengo miedo, mucho miedo... Y no sé qué hacer.

miércoles, 20 de marzo de 2013

¡¡Puxa Asturies!!


La carretera se retorcía incansable ante nuestros ojos, resultando imposible intuir su recorrido global. Atrás quedaban ya las amarillentas llanuras de la estepa castellana, o el oscurecido cemento de la capital, y dejaban paso a mil tonos de verde entremezclados con la claridad de la nieve. A nuestra izquierda, picos nuevos de montañas luchando por recortar una húmeda neblina; a nuestra derecha, la mar, picada y salvaje por un viento enfurecido que hacía tambalear el coche y nuestros oídos.
Llegamos a casa en tiempo récord, con la incertidumbre de los días que se avecinaban, de las nuevas personas que se nos cruzarían a lo largo de aquella semana, y cumplimos la lista de la compra garabateada ajustando los menús al tiempo posible de su elaboración. 
Los nervios nos invadían cuando los horarios de la noche se fijaron. No nos conocíamos; sólo un 
vínculo perfectamente quebrantable unía a un miembro de cada grupo. Las presentaciones forzadas, risas ahogadas en conversaciones de móvil a hurtadillas, y luego todo fluyó: alcohol, música, fotos y confidencias a partes iguales. Las parejas surgieron de forma aparentemente espontánea y furtiva, agotando la noche entre besos.
Y de ese modo llegó un mucho más relajado sábado, donde ya sabíamos qué esperar, pero donde otras personas aparecieron, dejando a flor de piel los deseos repentinos de la novedad, para desvanecerse tras conversaciones bajo luces ultravioleta. Asentamos lo del día anterior, olvidamos horarios y amanecimos mucho después que la luz del sol, que ya iluminaba las habitaciones. Era el momento de frenar un ritmo que se nos estaba escapando de nuestro control. 
Comenzó la semana y, con ella, la profesionalidad que justificaba nuestro viaje, y dos compañeras más en la casa, que serían incapaces de reconocernos tras nuestras historias. Éramos un huracán pasajero que sin intentarlo estaba revolucionando vidas más o menos monótonas y lineales. Pero el ritmo no debía parar o el arrepentimiento nos pisaría los talones. Partimos la semana con una fiesta en casa, más alcohol, juegos y canciones que unos disfrutarían más que otros. Estábamos increíblemente cómodos. Ya apenas se veían los grupos, y todos ocultábamos alguna información en la intimidad de nuestras habitaciones.
La semana se agotó con excursiones pasarela a otro fin de semana al que habíamos sido invitadas con determinación. Repetíamos locales, reconocíamos a relaciones... Todo aquello resultaba cómodo hasta un punto peligroso. Hubo quien incluso olvidó en ese ritmo nocturno sus obligaciones diarias, su rutina. 
Y de repente, casi sin darnos cuenta, llegaba la despedida. Sí, sólo una semana pero demasiada convivencia, demasiados cambios de lo que cada uno de nosotros solemos ser. Llegaba el momento de volver al agujero oscuro de nuestra ciudad, y de dejar que los nuevos continuasen sus vidas. Pero, ¿cómo eran sus vidas? ¿Cómo habíamos pasado por alto que esto sólo era una ilusión? ¿Cómo confiar en que el tiempo pasaría igual para nosotras que para ellos? Tantas preguntas y cinco semanas para resolverlas; sólo cinco... Tanto, y tan poco.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Noches

Me enredo en las sábanas, aún somnolienta, buscando su calor, pero no lo encuentro. Trago saliva, suya y mía, y todavía soy capaz de saborearlo. Estoy húmeda y con el corazón latiendo con seguridad en mi pecho y en mi vientre, ese que hace un momento él acariciaba y recorría una y otra vez.
Suspiro con seguridad y, sin buscarlo, su silueta se cuela alargada entre las cortinas. Se tumba a mi lado y observa mis ojos perdidos en la ventana. Por primera vez en mucho tiempo no quiero huir; pero no encuentro el motivo por el que necesito quedarme. No es la historia de siempre; es una necesidad mutua de respeto y cariño. Y él lo reconoce. Rompe ese encanto que hemos creado basándonos en la ilusión y admite que ambos deseamos esto porque lo echamos de menos. Y yo no le veo el problema y lo abrazo con fuerza, porque él es el calor y el compañero que ahora necesito.
Permanecemos en silencio, cómodos como hace meses nos merecíamos estar. No he encontrado mi media naranja; he coincidido con otro solitario al que le agrada una cara conocida y un poco de conversación después de compartir una cama. Pero eso ambos lo sabemos, así que nos resignamos porque ya la noche no nos ofrece esa sensación triunfal y tenemos horarios demasiado incompatibles como para encontrar a alguien mejor. 
Nos auto-convencemos de que esto es el comienzo de algo, y sonreímos entre las sombras de la noche, conscientes de que no lo es, pero es lo que mejor nos viene ahora mismo. Sin más futuro, sin más problemas. Convivencia y deseo. Sólo eso.

lunes, 30 de julio de 2012

Época de cambios

Llevo demasiado tiempo desconectada del Blog y es difícil resumir todo lo que me pasa por la mente y, sobre todo, volcarlo aquí con cierto sentido. 
La carrera se ha acabado, con fiesta y despedidas incluídas; con algún sinsabor y un par de confesiones de borracha que no sé si lamentaré. Ahora la preparación del temido MIR acapara mi tiempo y lo he llevado bien las dos o tres primeras semanas, pero con todas las noticias que cada día nos llegan de los ineptos personajes que nos gobiernan, se me están yendo las ganas de luchar por mi plaza...
Por otro lado, he retomado tres cuestiones que andaban aparcadas:
- Conversaciones con quienes durante años se lo llevan ganando. Es una tarea de las concluidas. Me siento orgullosa y he desechado a gente que definitivamente no se lo merecía.
- El deporte. ¡Oh, sí! He vuelto a saborear esa sensación de agotamiento físico, a percibir las gotas de sudor brotando por mi cuerpo, a pelear hasta la extenuación... y ganar; porque en el deporte siempre se gana: o te superas o te da la fuerza necesaria para hacerlo al día siguiente. No es karate, pero es lo que mi cuerpo soporta, y me tengo que conformar.
- Se acabó hacerme la dura. Las verdades, a la cara. De momento me va bien... o no me va bien, pero me hace sentir mejor persona. He recuperado a alguien a quien no le correspondí como se merecía. Con eso me basta. Es mucho más de lo que he tenido, y de lo que hubiera imaginado. Representa la unión de hacer caso a unos buenos amigos que me llevan empujando pacientemente hacia el camino correcto, y de la disposición de esa persona, que de momento parece prometedora. También he perdido a gente... pero si no era ahora iba a ser más tarde. En cualquier caso, relaciones que pendían de un hilo demasiado fino. De eso ya no quiero más.

He cambiado. He madurado. He cerrado etapas importantes. Admito que quienes en estos días se han alejado vuelvan a mi si de verdad lo desean, pero ya no va a haber medias tintas. Estoy harta de ser pañuelo de lágrimas y ver desde la distancia las sonrisas de quienes sólo me transmiten preocupaciones. Somos para lo bueno y lo malo; para ambas cosas. No quiero sufrir por la gente y que cuando yo lo necesite no haya nadie que me escuche. 
Los amigos, contados con los dedos de una mano. Si hay vacantes, que se ocupen, y si hay candidatos merecedores, que me llenen la otra mano, pero quien se queda que cumpla. 

Y esto como diarrea verbal antes de cenar y con el propósito de dejar aclarada mi situación actual. Dentro de unos minutos, un relato con algo de verdad y algo de fantasía, como siempre.

Sed felices, y no derrochéis vuestro tiempo en leerme (o dejad comentarios, gañanes)

lunes, 21 de mayo de 2012

Siempre

Paso por las fotos de mis últimos seis años, aquellas que sólo me atrevo a ver en la intimidad, y me veo cambiar. Mi cara se ha perfilado, mis ojos han perdido su inocencia (esa misma que aún mantengo en el corazón), mi cuerpo ha cambiado... Han cambiado los amigos que jamás me fallarían, se ha ido una parte de mi familia, he perdido la relación con mi hermano, he olvidado todas aquellas fórmulas y teorías físicas y matemáticas que me hacían soñar cada noche, he memorizado una carrera, y he perdido oportunidades que asocio a cada una de las imágenes.
Cómo se nos va la vida, casi sin darnos cuenta. Cómo huye velozmente ante nuestros ojos sin valorarla.
Nacemos, luchamos por una serie de objetivos hacia los que nos han ido vapuleando, y morimos. Todo irremediablemente, todo sin vuelta atrás. Tememos la muerte cuando en realidad deberíamos temer por la vida, en esa irónica sensación de control que tenemos sobre ella, porque sólo podremos modificar lo cotidiano, no nuestro final. Tenemos que pelear por nuevos propósitos, por que seamos recordados y sobrevivamos en el recuerdo por encima de nuestra existencia, que es cuanto tenemos.
Terminamos en una caja de una madera que pocas veces nos permitimos en vida, unas palabras de un sacerdote que poco nos conoció y que nos guía en la vida eterna y en unas lágrimas recogidas en unos cuantos pañuelos arrugados de los que nos despiden en los últimos momentos. Y luego sólo queda el recuerdo; se olvida todo cuanto erramos y perdura lo positivo. Y así es y será por todos los años que nuestros conocidos se preocupen en mantenernos en sus pensamientos.
Y nuestros hijos sabrán que sus abuelos no fueron tan buenos como les contamos del mismo modo que yo sé que mi abuelo era un gran artista de carácter difícil. Y les querrán, tanto como nosotros queremos a los que no llegamos a conocer. Sólo por extensión, sólo por una foto olvidada en un cajón en los que se les ve sonriendo; sólo por una flor aplastada en la contraportada de un viejo libro, o sólo porque heredamos alguno de sus gestos.
Hace años pensaba que no hacíamos historia, pero son tantas las personas que nos cruzamos cada día, y tantas las percepciones e interpretaciones de nuestras anécdotas, que es imposible que en algún momento no hayas iluminado la conciencia del más inesperado, o que no ayudases en un gesto casi imperceptible para ti a alguien. 
Somos y seremos; y tú, abuela, siempre serás para mi. No te olvido.

martes, 1 de mayo de 2012

Gente

Llevo confusa muchas semanas. No sé exactamente lo que pensar, pero soy incapaz de sentirme a gusto ni conmigo ni con los que me rodean. No hago nada que me satisfaga, no avanzo, no me halaga ningún comentario que sé que estaba hecho con ese fin...
Cuando comencé a escribir aquí, con el temor de que algún insensato derrochara su tiempo en leerme, lo hice en parte para desahogarme cuando se acercase ese momento que ya está al caer y que marca el final de esta etapa: la graduación. Se acabaron los apuntes, las clases, los profesores, las prácticas. Todo lo que sé hacer y que he ido puliendo a lo largo de estos 23 años se termina y comienza el trabajo, los compañeros, las nóminas, las deudas, las hipotecas... Estoy terriblemente feliz por eso, está claro, pero a la vez me embarga un profundo sentimiento de vacío, en el que no doy cabida a ninguno de los que me han acompañado los últimos seis años.
Este fin de semana me he ido reuniendo, aprovechando los días de puente, con esas personas que son como una constante en tu vida, los que siempre han estado ahí aunque cambiasen innumerables variables; y me han inundado de paz. Parece que cada vez que los veo, recuerdo que todo tiene un sentido y que hay gente que siempre permanece, aunque me fuera durante años de su lado. Son esos tipos con los que estás horas hablando y es el sueño el que separa las conversaciones.
Este puente, en medio de muchos sentimientos encontrados por muy diversos motivos, siento que hay personas que merecen demasiado la pena.

lunes, 2 de abril de 2012

Viaje de fin de carrera

Vengo del viaje más increíble de todos, el que más llevo anhelando entre la admiración y el miedo, y, cuando he marchado, esa sensación indescriptible de desahogo me ha vuelto a invadir, empujándome a no volver, animándome a que sería en éste en el que encontrara eso que tanto llevo buscando. Pero he vuelto tan entera como siempre, tan llena de historias que no tienen a nadie que las escuche, tan sola y tan lejos de un hogar como otras veces. He vuelto, amigos, a la monotonía.
Me invade de nuevo ese sentimiento de soledad que hace que cada vez desee con más fuerzas no regresar de la siguiente escapada. Esta vez he estado más cerca de contar lo que me lleva atormentando tantos años y que aún no me he atrevido a pronunciar en voz alta. Me he dado cuenta de que estoy esperando encontrar a alguien de quien huir no como lo he hecho hasta ahora, sino con kilómetros de seguridad de por medio. Quisiera encontrarlo y gritarle que aquello no tuvo que pasarme a mí, que no fue justo y que sigue regresando a mi memoria cada día, sin dejarme descansar tranquila. Pero luego pienso en que es igualmente injusto cargar a alguien con mi historia, con su conciencia y con mi abandono al mismo tiempo, y regreso a este mismo instante, con mi vida marcada por un error que acarrearé hasta el final de los tiempos.
Cuando viajo sueño que, al igual que el avión despega y me aleja de toda mi historia, de todos los buenos y malos recuerdos, yo también los dejo atrás, y por eso soy tan feliz fuera de mi patria. Sin embargo, la amo demasiado profundamente y aquí regreso sin importar cuánto arriesgué o lo que mi temeridad pudo haber supuesto.
España, me acoges siempre como una madre que es a la vez protectora y conciencia. No sé si quiero alejarte de mi vida, pero quiero ser tan feliz como cuando escapo de tu tierra y dejo atrás secretos, lágrimas, soledad y monotonía.

viernes, 2 de marzo de 2012

Miedo

Tengo miedo de mi pasado, temo haber cometido equivocaciones en las bifurcaciones de los caminos que llevan a este mismo instante, y me da pánico el no descubrir qué hubiera ocurrido si lo hubiera hecho de otra manera. 
Sé que he cometido tantos fallos... tengo tan claros mis errores que casi no soy capaz de valorar los triunfos, que se me presentan como descarados insultos al despropósito de mi presente. Siento que es algo que nos iguala, que ninguno de nosotros tenemos la oportunidad de enmendarnos completamente. Podemos ignorar lo que hicimos, pero nunca corrigirlo. Podemos mejorarnos, pero jamás borraremos el lastre de lo que fallamos.
No sé si éste es el momento de recurrir a una religión que me consuele, que me diga que alguien dijo alguna vez, (y demostró de forma inexplicable, irreproducible e indemostrable) que tendré otra oportunidad de conocerme desde el inicio, y que mejoraré con el paso de las vidas hasta lograr una que sea totalmente placentera y satisfactoria. Ni siquiera sé si existe alguna religión que diga que estamos aquí de prestado, con un cuerpo asignado al azar, en unas circunstancias cualesquiera, destinados a vivir hasta que la muerte determine el final de un aprendizaje y el comienzo de uso de otro nuevo cuerpo en algún momento y lugar. No sé si alguien ha pensado alguna vez que somos tan pequeños en esta vida, que sesenta o setenta u ochenta años son tan pocos, que simplemente representan un tránsito de aprendizaje, tras el cual nos volveremos a conocer, no con un aspecto concreto, sino en ese pensamiento profundo que aparece cuando nos quedamos a solas reflexionando sobre nuestro porvenir. 
No sé si todo esto es creer en la reencarnación, ni sé si es una idea alocada pensar que el carácter que cada uno de nosotros reflejamos es, en parte, fruto de nuestro grado de aprendizaje en cuerpos sucesivos. No sé si es del "alma" de lo que hablo, ni sé si es absurdo todo este planteamiento; pero llegan momentos en la vida en que, simplemente, buscamos un refugio en que cobijarnos y olvidarnos de este loco mundo que automatiza cada segundo de nuestro tiempo. 
No quiero volver a levantarme para labrarme un futuro al que ahora veo incierto y superficial. Necesito pensar que esto no es todo lo que voy a ver, porque entonces, de este mundo tan pequeño, no voy a conocer prácticamente nada; y eso hace insustancial el madrugar cada día para moverme en mi minúsculo ambiente de mi minúscula ciudad de mi minúsculo país en mi minúsculo continente.
Cuando la muerte me rodea en mi profesión, mis amistades, mi vida personal, surge esa pérdida de egocentrismo que habitualmente tenemos, y aparecen tantas dudas que hacen necesario recurrir a lo irracional para justificar lo que no conocemos.

viernes, 27 de enero de 2012

Hoy

Hoy quiero gritar y no puedo; quiro llorar de rabia y me avergüenza la idea. Hoy tengo esa sensación sobre el pecho que me recuerda lo perdida que estoy, lo alejada que me encuentro del resto de mis amigos. Siento ese vacío incómodo que hace que mirar la agenda de mi teléfono resulte hipócrita. No sé a quién llamar; no sé a quien abrazar; no sé a quién gritarle que estoy cansada de todo esto. Quisiera coger en la estación un autobús a ninguna parte. Alejarme de esta ciudad que ya no me aporta nada y empezar de cero, tener la oportunidad de volver a sentir esa sensación de aire fresco que te da conocer a alguien; la energía que transmite escuchar nuevas risas, nuevas historias.
Tengo miedo de que todo se repita, de que una vez más cierre una etapa sin valorar esos momentos cotidianos con mi gente. Me da pavor la idea de volver la vista hacia atrás y arrepentirme de no haber mimado a los que en su día parecían querer velar por mi. Sin embargo, siento que me he estancado en una rutina que me aporta poco.
Sigo sola. Tan sola como el año pasado, y el anterior, y el anterior. Sola irremediablemente, según me indican todas las señales. Testigo y apoyo constante (o eso espero) para quienes a mi alrededor ya encontraron a alguien, para quien lo perdió pero supo saborearlo, o al menos conoce ese sentimiento, para quien, por ese alguien, me dió la espalda y dejó de necesitarme. Estoy cansada de ser amiga, compañera, hombro, pañuelo... y nada más para nadie. Estoy triste y sola, rodeada de amigos y nada más. Y sí, ahora necesito algo más.

miércoles, 18 de enero de 2012

Urgencias

Hoy ha terminado mi paso por el Servicio de Urgencias y me quedo con mil sensaciones. La primera de todas: me he sentido útil, y he descubierto que, con empeño, es posible hacer cualquier cosa. Llevo un tiempo algo desmotivada respecto a la Especialidad que quiero hacer una vez termine la carrera, probablemente porque la única motivación que he tenido desde hace tres años era lograr ser Anestesióloga. Pues bien. Este curso, ya que era el último, decidí dar una oportunidad a cada una de mis rotaciones, y, mira por donde, he descubierto que ni Medicina Familiar y Comunitaria ni Medicina de Urgencias me disgustan en absoluto.
Pero más allá de todo ello, Urgencias me ha abierto un mundo de profesionales moviéndose con la agilidad de títeres en el espectáculo que son unas Urgencias masificadas como las que tiene mi Hospital, en las que el Adjunto tiene la necesidad de delegar en ti responsabilidades para poder cubrir más trabajo y no pasar a la guardia a pacientes que llevan ya más de ocho horas ingresados sin supervisión de ningún especialista. Parece mentira descubrir toda esa dinámica que abarca desde localizar en el control a las enfermeras de tus Boxes hasta saber dónde se cursan los volantes de rayos o cuál es el busca de Información para que hagan pasar a los familiares de tu paciente.
He descubierto también cómo se puede estar atendiendo a diez pacientes a la vez, corriendo de un lado a otro para valorar sus analíticas, firmar sus tratamientos, indicarles dónde está el baño o empujar sus sillas de ruedas. 
He aprendido a que la carga asistencial no me haga olvidar el nombre de mis pacientes, o la cara de sus familias, o pequeñas anécdotas como si la abuelita de turno siempre dice que nació en los años del Charleston, o los que te dicen que eres clavada a su nieta, o que se preocupan más de ensalzar tu labor que de su dolencia, o de los que destacan el color azul de los ojos de tu Adjunto y que te obligan a decir que te encantan cuando llevas un mes mirándolos sólo de reojo por vergüenza.
Y de todo ello, he creado una sensación que me ha unido más a la gente, que me ha hecho que de repente camine por la calle y vea a mi alrededor no a pacientes, pero tampoco a sujetos que se me cruzan; que vea a personas que tienen una historia que contar, que tienen problemas que los asolan en silencio. He cruzado junto a decenas de personas la línea de la intimidad, los he visto desnudos y temerosos, los he acompañado en el momento más agudo de su enfermedad y, aunque alguno lo he perdido por el camino, la mayoría se han ido de alta mucho mejor que se fueron, con una sonrisa en sus labios o, al menos, el ceño menos fruncido.
Hoy, para despedir mi rotación, he atendido al soltero al que su paternidad se le puede escapar por unas paperas aunque tal vez nunca se la hubiese ni planteado, y he visto cómo una sombra de tristeza le llenaba los ojos; he historiado a un hombre con sida que, avergonzado de ese antecedente, no ha sido capaz de sentarse en la camilla hasta que no se ha convencido de que no me importaba el cómo ni cuándo, de que yo no lo juzgaría; he dado el alta a una mujer a la que una alergia desconocida casi cierra sus vías; he conocido a una anciana que simplemente se sentía sóla y, por la cantidad de achaques acumulados, sabe que justificaría una visita diaria a la Urgencia sin que nadie la pudiera tachar de abusona... Hoy, me he sentido muy cercana al mundo, y cada vez más lejos de esa niña tímida que fui y que se perdió diez minutos de conversación con cientos de personas interesantes. 
Hoy me he sentido más médico y, por primera vez, eso me ha hecho muy feliz.

martes, 3 de enero de 2012

La despedida

Siento tu cuerpo latiendo junto a mi, desprendiéndose de ese calor que los dos hemos creado, y levanto mi cabeza hacia el cielo, que ya comienza a pintarse de azul. Los primeros rayos asoman en un sin fin de colores y las gaviotas parecen celebrarlo sobre nosotros, con su agudo cántico desperezándonos en lo que parece haber sido un sueño. Mis sentidos están al rojo vivo. Noto cada grano de arena adherido a mi piel, y aprovecho para desprenderte a ti de alguno de los que luces en el torso. Todo transcurre como a cámara lenta: mi mano acariciando tu espalda, el viento despeinando tu cabello dorado, el aroma a sal batida por las olas que constituyen nuestra banda sonora. No quiero alejarme nunca de ti. Deseo que todo sea siempre así. Pero ahora eres tú el que se despierta, y sonríes formando un oyuelo en una sola de tus mejillas. Aún estamos abrazados. Dices que tienes que irte, que te esperan en el puerto, y que nos veremos antes de lo que imagino; pero sentir que te alejas ya duele.
Como puedo, me incorporo para verte marchar. Caminas con gracia, pareces despreocupado y no vuelves la cabeza, pero sé que es porque tus ojos no dejan de llorar. El sol en el horizonte me ciega y tú lo ocultas con tu silueta. Es como si hoy sólo hubiera salido para iluminarte. Permanezco recostada recordando esta noche, hasta que de repente tu barco rompe el compás de las olas. Camino hacia la orilla, dejando que el frío agua moje mi vestido y te despido con la mano aún sabiendo que no me podrás ver. Nada importa sin ti. El tiempo es perdido cuando no estás a mi lado.